EL FLACO NO SE VA Por Pedro Conde*
Hojeando una revista del corazón en el consultorio del médico, encontré las fotos que un paparazzi le sacó furtivamente a Spinetta en la puerta de su casa.
Esas fueron las últimas en donde se lo puede ver de pie, plantado de este lado de la vida. Hace dos meses.
Me recordaron las últimas imágenes de George Harrison que partió de gira hace exactamente diez años. El flaco se fue hace un mes y en este mundo sin Spinetta (al menos corporalmente) su nombre, su imagen y sus canciones refieren a la juventud eterna. No importan sus 62 años, él sigue siendo ícono de juventud.
Creador de cultura durante el genocidio de los jóvenes, su obra siempre será joven, pues representa tanto a los caídos, jóvenes eternos, como a los sobrevivientes, que aún peinando canas conservan los ideales de aquellos orígenes en medio de una guerra ciega, sorda y muda.
Los tiranos mueren. Los creadores viven para siempre.
Estamos asistiendo al nacimiento de la leyenda, cuando en algún fogón en el mar o en la montaña alguien entone: “… Si no canto lo que siento, me voy a morir por dentro” o cuando algún padre susurre al oído de su bebé “… dale un sol de enero, dale un vientre blanco, dale tibia leche de tu cuerpo.”
Todas las notas son del viento y Luis Alberto Spinetta sopló al viento respuestas para las generaciones futuras de almas sensibles, que aún quizá sin saber el nombre del autor, las eleven como banderas o las susurren para sí mismos en los calabozos de la mente.
Sus ritmos y armonías complejas pero a la vez cantables, silbables, memorables, nos rondarán toda nuestra vida, serán como La Cumparsita o Adiós Nonino o alguna canción de Charly, parte integrante del botiquín de nuestra alma, donde guardamos las cosas imprescindibles para los primeros auxilios cuando nuestro espíritu arde sin encontrar eco en el afuera.
Serán las plegarias que rezaremos en la alegría o en el dolor y seguramente en el último aliento.
Eso nos hace deudores de un crédito de corcheas y acordes que el flaco nos regaló como individuos y como generación.
Su eco no tendrá fin y volverá y volverá… de frente, por la espalda, por arriba y abajo, cuando menos lo pensemos. Será un duende, al que no podremos ver, pero que nos rondará y nos seguirá mostrando caminos alternativos a la chatura, la rutina y la derrota. Lo que se dice un total poeta, un juglar universal con sede en Argentina.
Quiero compartir una anécdota mágica:
Para el ciclo de recitales de Almendra en Obras, acompañé a un amigo a buscar su entrada (yo no iba a recitales de rock). Al irnos de la boletería, la empleada me llama y me entrega una entrada que pensé sería la de mi amigo que, colgado como siempre, se la había olvidado. Cuando lo alcancé, le dije: “che, te dejaste la entrada”, pero él me mostró la suya y me miró desconcertado. El destino quiso que fuera a ese recital y mi cabeza estallara de poesía y música. Pero lo loco de todo esto es que a los dos años, Edelmiro Molinari, estaría produciendo mi primer disco “Realidad”, ofreciéndome escribir las letras de su disco junto a Skay Beilinson “Edelmiro y la galletita” y presentándolo junto “Pintada” el disco de Emilio del Güercio en el estadio Obras Sanitarias… y años después, formando banda con Rodolfo García (La Barraca) y grabando otro disco: “Caballo Rojo”.
No tuve el placer de conocer al flaco más que verlo en reuniones un par de veces, pero sí la de tocar con todos los integrantes de Almendra, ese grupo que me introdujo en este oficio que hoy sigo sosteniendo. Esa impronta es una herencia de Spinetta, aunque indirectamente, pero directamente la confirmación de que hay espíritus entre nosotros que modifican nuestro destino aún con recursos invisibles.
Sólo con esto alcanzaría para agradecerle a Luis Alberto haber cambiado mi vida, pero me quedaría corto.
Agradezco al destino haber nacido en un tiempo en donde se creaban manifiestos como la “canción para los días de la vida” o “el anillo del Capitán Beto” o “Ludmila”. Ser contemporáneo de un paraíso donde todos los frutos prohibidos estuvieron al alcance de los “locos” y los niños.
Un mundo donde las Fender Stratocaster y las Gibson SG sonaron más allá del tiempo de los fusiles y las torturas.
(Buenos Aires, ocho de marzo de 2012)
* Cantautor.

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