PISTOCCHI Por Miguel Grinberg
En tanto la Luna enrojecía,
Jorge se despegaba de sus tercos huesos,
abría los brazos hacia el Universo
y ampliaba el campo de sus atrevimientos.
Lejos de la solemnidad, cara a cara con la Luz,
la infinita ráfaga de aleluyas que entonó de pie,
siempre hacia lo alto, provisto de locas osadías,
en estado de infatigable peregrinaje terrenal,
atento a las vibraciones de toda una generación,
despierto cuando todos simulaban normalidades
y reposando lo necesario para reanudar la lucha.
En tanto muchos observaban mansamente el cielo,
su corazón dio vuelta la página y saltó al espacio
desplegando por completo las alas de su itinerario,
no para abandonar el ritmo del imaginario expreso
que tripuló a toda hora como inalterable sembrador,
fiel y osado en medio de la multitud enceguecida.
No para renunciar a la batalla ni para pedir tregua,
sino para continuarla desde otro plano, ilimitado,
así como su alma lo indujo siempre, sin mirar atrás,
con el horizonte como paisaje y la vida sin miedo.
La imagen de la Luna fue diluyéndose en lo alto,
vaticinando épocas de conmoción y revelaciones.
Él supo dónde se alojaban las mejores profecías.
Él diseminó certidumbres con generosidad extrema.
Él supo delimitar el camino hacia la clarificación
de las prioridades y el ejercicio de los poderes.
Él, simplemente, sigue planificando conspiraciones.
Allí va: despierto para siempre, de paseo, sonriendo.

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